Vivo en un pueblo

 Vivo en un pueblo...

Vivo en un pueblo rodeado por montañas, cercado por un río y próximo a la playa. Cualquiera que leyera esto diría <<¡Qué idílico!>>. Y es cierto que vivir en un pueblo tiene sus cosas buenas. Y el mío las tiene. Permitidme que os cuente:

Vivo en un pueblo que se llena de flores amarillas en primavera y de lilas en otoño. Vivo en un pueblo donde se cosechan alcachofas por doquier, hasta tenemos nuestra propia fiesta de la alcachofa. En mi pueblo no nieva, pero hace frío. Decimos que es un frío especial porque <<se te mete en los huesos>>. Además, las casas están preparadas para el caluroso verano que nos visita cada año, así que dentro hace más frío que fuera. En mi pueblo, en otoño, no se caen las hojas.

Vivo en un pueblo donde cada sábado hay un mercado local que se llena de gente: las voces se alzan, a veces acompañadas de la maravillosa banda que anima la mañana; se oyen las ruedas de los carritos de compra y se revisa la calidad del producto vendido con riguroso ojo. En mi pueblo, en el mercado local, aún se paga en efectivo. Los mismos vendedores de siempre llevan viviendo desde hace generaciones. Pero cada semana los huevos están más caros...

Vivo en un pueblo que huele a leña quemada lentamente en invierno y a sal en verano; donde las personas salen a la calle a jugar y las familias se juntan <<al fresco>> cuando la cálida estación comienza a sentirse. Vivo en un pueblo donde aún nos juntamos para cocinar los dulces de Navidad y comer, con chocolate caliente, el roscón de Reyes. Y en verano, mi pueblo queda vacío por la necesidad de acercarse a la orilla del mar lo máximo posible. Quedamos solo unos pocos, que debemos luchar contra los 35º C a la sombra. Pero no pasa nada porque nuestra heladería de confianza abre puntual cada año.

Vivo en un pueblo donde hay dos árboles centenarios: un ficus y un olmo.

Vivo en un pueblo que tiene tres salidas: hacia el mar, hacia las montañas o hacia el río. Puedes elegir cualquiera, según presientas que te lleva la vida. 

Vivo en un pueblo que tiene mi paleta de colores favorita: el verde vivo de la huerta y el color violáceo de las montañas a lo lejos, cuando el día está despejado. 

Vivo en un pueblo con muchas cosas buenas. Pero la vida en mi pueblo no siempre es así de bonita.

Vivo en un pueblo en el que no hay comunicaciones: si no tienes coche, no podrás escapar. 

Vivo en un pueblo donde aún se oyen, replicantes y soberbias, las campanas que marcan cada hora en punto, y cuarto, y media y menos cuarto (y antes lo hacían por la noche también).

Vivo en un pueblo en que la única cultura es la fiesta alocada y ruidosa en verano y, la silenciosa y penitente en invierno.

Vivo en un pueblo donde todo el mundo pertenece a algún grupo: sea a una hermandad, sea a una peña, sea a una comparsa, sea a la orquesta del pueblo, o a todo. Y si no se pertenece a nada, a veces, parece como si no existiera.

Vivo en un pueblo donde a todo el mundo parece importarle quién es quién y por qué es así. Cuando paseas, es como si te analizaran con la mirada. 

Vivo en un pueblo donde no se recibe bien a un extranjero y se trata con exceso de negligencia a otro.

 

Vivo en un pueblo donde nada cambia, todo se mantiene estático, de alguna manera. Los días pasan rápidamente, como si fueran copias perfectas unos de otros. Vivo en un pueblo que parece ser un reloj suizo, siempre repitiendo el mismo patrón, marcando las mismas horas. En mi pueblo, salirse del patrón es una amenaza. Pocas personas se quedan: algunas lo hacen porque les reconforta lo conocido e inmutable; otras se envalentonan y, con visión de futuro, pretenden cambiar las cosas. Muchas quieren marcharse, pero no acaban muy lejos. El último puñado de gente consigue alejarse lo suficiente como para odiar a mi pueblo. Pero siempre acaban volviendo. 

Porque vivo en este pueblo, crecí en este pueblo y soy de este pueblo, y eso no me lo podrá cambiar nadie.



TheWriter.


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