Criaturas XII: La Segunda Criatura del Amor: Parte I
¿Ganaría el Amor esta vez?
Nos remontamos ahora a los comienzos de la primera era de la humanidad. En un sitio árido y seco, solo alimentado por las aguas de un gran río. Una joven princesa tuvo la desgracia de ser elegida por el Amor para convertirse en la Segunda Criatura del Amor. Una humana, de nuevo, escogida por la energía para albergarla y llevarla a todo el mundo. Su destino: acabar con la malicia y la crueldad que llevaba extendiéndose desde la destrucción de Hogar, perpetuada por el hombre.
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El hombre
Durante siglos, el hombre había vagado por la Tierra, con un único propósito: crear un mundo a su medida; atar bien todos los hilos para que nunca más pasara nada como lo que tuvo que vivir en Hogar. Su primogénito se alejó de él y se perdió en la sociedad que comenzaba a crecer. Fue consciente de cada paso que daba su padre: cada guerra que comenzaba, cada matanza, el hambre, la pobreza que se expandía como las pestes. Nunca hizo nada para evitarlo, con el sentimiento de quien pierde toda la esperanza por el cambio. Se limitaba a vivir entre la gente y ahogar sus penas en alcohol y peleas, que en muchas ocasiones lo llevaron a muerte -y de vuelta, ya que no podía morir.
El hombre contemplaba cada día su obra, y se enorgullecía de ella: el dolor que sentía por la pérdida de sus dos mujeres, de sus hijos y de su casa ahora era compartido por todas las personas. El dolor se reflejaba en el odio y el desprecio que crecía en el corazón de la gente por aquello que fuera diferente, por lo considerado <<inferior>>. Luego estaba el dolor más puro, aquel que llegaba junto con la pérdida de seres queridos por graves epidemias de enfermedades, cuyas curas eran, por entonces, tan desconocidas como ansiadas; el dolor contagiado por la soledad tras el repudio de la sociedad; el dolor por la visión de los niños y niñas desnutridos... No eran sociedades perfectas, desde luego, pero tampoco eran buenas. Y, de alguna manera, subsistían, porque le hombre había creado el modelo perfecto de civilización, tan delicado como exacto: siempre alguien sufriría para que otros pudieran vivir holgadamente. El hombre era, claramente, uno de estos últimos.
El hombre tuvo cientos de hijos en ese tiempo: deseoso de recuperar lo perdido, buscó la familia soñada... pero siempre la rompía. Ninguno de sus vástagos lograba pasar la edad de los veinticinco años. Esto frustraba mucho al hombre, quien nunca se daba por vencido: lo intentaba una y otra vez, pero su corazón, falto de la energía del amor, no lo permitía actuar de otra manera. Llenaba las vidas de sus familiares con tanto odio, tanta tristeza y soledad que terminaban quitándose la vida, deseosos de acabar con el sufrimiento que los inundaba. La Tierra se plagó de hijos y nietos suyos, separados únicamente por generaciones, y unidos por la desdicha del destino. Su dolor los transformó en seres oscuros, sombras de lo que fueron. Moraban los lugares más inhóspitos y, a veces, acechaban a las personas, en búsqueda de alguna gota de felicidad; en el proceso, sin embargo, las mataban, ya que succionaban hasta la última risa y sonrisa de sus recuerdos y las sumían en un estado de catatónica tristeza y profundo dolor. Tal como su padre había hecho en vida con ellos.
Así era la Tierra por aquel entonces: no el paraíso que conociera una vez el hombre, sino un lugar en el que vivir solo era para unas pocas personas mientras que el resto supervivía.
Para el hombre era perfecto. No se sentía solo y podía ver su dolor reflejado en tanta gente...
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La Criatura de la Creación
La Criatura de la Creación se había retirado al otro lado del universo, junto con el resto de las Criaturas, totalmente consternada por lo que había sucedido, pues, aunque para la sociedad humana el tiempo era efímero, para las Criaturas pasaba lento, conscientes de cada segundo -como los humanos llamaban a una de las divisiones del tiempo. La Creación sabía que no podía dejar que el hombre tomara el control y emponzoñara su trabajo, pero se sentía mal... Era algo tan extraño. Le llevó muchos siglos comprenderlo y aceptarlo. Hasta que, por fin, se decidió a actuar.
¿Sería demasiado tarde?
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La (Primera) Criatura del Amor
La Primera Criatura del Amor también se había alejado de la Tierra, de hogar y del universo. Su poder había sido tan fuerte que había creado una dimensión entera para ella. Allí habitaba, sola. Su odio contra el hombre aumentaba cada momento que pasaba. Deseaba acabar con él y con todo lo que significaba. Pronto recibió la visita de una de las creaciones más cercanas a la Creación, quien intentó convencerla de volver a su dimensión original, pero se negó. Muchas otras lo intentaron, y la primera mujer se mantuvo en aquel extraño lugar, inhabitado e inhóspito, hasta que alguien llegó para quedarse.
Una de las primeras creaciones tomó la decisión de irse del lado de la Criatura de la Creación, tras presenciar la inacción de esta frente a la obra del hombre en la Tierra. Supo que la primera mujer, quien fue en un tiempo la Criatura del Amor, compartía su objetivo: acabar con el hombre. Renegando de todo lo que significaba la dimensión creadora, se embarcó junto con la mujer en este propósito. Juntos crearon unos seres que los humanos temerían por su aspecto tan horripilante. Su misión: castigar todo comportamiento, obra y sistema que el hombre hubiera alentado, construido e impuesto. Estos seres se encargarían de atormentar aquellas personas cuya vida fuera en contra de lo que el Amor habría querido: el desprecio y el odio, las injusticias, la maldad misma serían perseguidas de por vida...
Pero los humanos eran mortales y, por lo tanto, su cuerpo físico dejaba de funcionar tras unos años. No obstante, como todo en esa dimensión, existía una consciencia en cada ser que perduraba. Algunos humanos la llaman alma, y esta no muere, sino que vaga en otros planos de realidad -dimensiones. La primera mujer había conseguido que las consciencias de los humanos castigados en la Tierra acabaran en su dimensión, donde continuarían siendo castigadas por la eternidad del universo. Por supuesto, no todas las personaban terminaban allí: aquellas que no habían seguido los pasos del hombre eran libres y su fin podría ser decidido por ellas. Estas personas eran las pocas únicas que el Amor podía invadir cuando se infiltraba en la Tierra, ya que el hombre la había protegido contra la energía.
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La Tierra
En esta Tierra nos encontramos siglos después: los continentes han cambiado, los seres que la habitan han evolucionado y, con ellos, la civilización humana. Ahora viven en pequeñas aglomeraciones cerca de ríos, lago o mares. Han construido hermosos edificios, donde habitan. Han conseguido obtener sus propios alimentos, a través del cultivo y la ganadería. Muchos animales son, ahora, compañeros de los humanos. Los seres humanos han aprendido a escribir: exponer de forma permanente su consciencia del mundo y de ellos mismos. Hay bibliotecas repletas de libros con el conocimiento que han obtenido.
Las personas habían también llegado a una capacidad de consciencia tal que habían comenzado a contar historias sobre poderosos seres que gobernaban su mundo. Todas las civilizaciones, por muy alejadas que estuvieran, tenían relatos similares: llamaban dioses a estos extraños entes. Los humanos nunca llegaron a ver a las Criaturas, ni a sus descendientes, desde los más directos -y por tanto los más poderosos- hasta los más lejanos, peor, de alguna manera, en su consciencia, sabían que existían: los dibujaban y describían, los adoraban y les imploraban por el fin de todo el dolor que el hombre causaba. Pero no respondían. Ellos y ellas no vivían allí, ni podían acercarse. Sin embargo, en otras Tierras sí existían.
A pesar de la gran barrera que el hombre había levantado, igual que el Amor, a veces estos poderosos seres lograban colarse y obsequiaban su presencia a personas elegidas por su corazón y amor.
Y había una humana, concretamente, que luchaba cada día por hacer llegar el mensaje del Amor: la segunda mujer. Ella, igual que el hombre y su hijo, no había muerto -aunque podía vagar entre la dimensión de la Tierra y la de la Primera Criatura del Amor- y moraba la Tierra. Su objetivo era acabar con la obra del hombre, aunque desde otra aproximación: fundó una orden. En ella, buscaba a mujeres con una sensibilidad especial a lo que sucedía, con valentía y fuera para luchar. Entre todas ayudaban a las personas desfavorecidas así como aquellas que no lo eran: protegían y alimentaban, cuidaban y curaban. A ellas se unieron grandes guerreras que enseñaron a las otras a luchar de una manera excepcional, y a veces letal. Podían ser madres, niñas, matronas, reinas o princesas. La segunda mujer se encargaba de buscarlas y unirlas en comunidades -siempre mujeres, pues desconfiaba de los hombres, al ser los más susceptibles al dolor del primer hombre. Pronto, las sacerdotisas del Amor estaban en todos los continentes. Sacerdotisas del Amor.
La Primera Criatura del Amor también las enseñó: les mostró cómo abrir sus consciencias al Amor. Las instruyó para servirlo: podían ver los lazos que unían a las personas cuyos destinos estaban atados, eran capaces de comprender de una manera profunda los sentimientos y emociones... Y, llegado un momento, comenzaron a oficiar ceremonias, cuyo propósito era el de emparejar a las personas incluso más allá de la muerte: conectar sus consciencias para que, en cualquier espacio-tiempo, se encontraran. Claro que esto, solo funcionaba con aquellas destinadas a estar juntas. Para saberlo, durante la ceremonia, las sacerdotisas se valían de la visión: una habilidad que poseían de nacimiento y que agudizaban tras años de entramiento. Podían ver los lazos: largas cuerdas que unían a las personas.
Así la Tierra obtuvo sus guerreras del Amor, alguien que la defendiera del hombre y protegiera la creación de la Criatura.
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La Segunda Criatura del Amor
Un día, llegó el momento de que se cumpliera la profecía. El Amor arremetió contra la barrera que lo separaba de la Tierra y entró. Eligió entre miles de personas a una bebé, nacida entre la riqueza y el privilegio que otorgaban las sedas y el oro.
Ella era hermosa: la hija única del rey del país, que nunca salía de palacio. Su padre la mantenía bien protegida tras los altos muros de piedra. Entre la gente del pueblo, se rumoreaba que era igualita a su madre, la bella reina, muerta en el parto de su propia hija: cabello largo de color azabache, ojos claros y brillantes como dos zafiros y la piel clara que nunca ha sentido el sol. Rhaîna, así se llamaba. Y así es la historia de la Segunda Criatura del Amor y su intento y lucha por acabar con el hombre y liberar el Amor en la Tierra:


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