Criaturas XIII: La Segunda Criatura del Amor: Parte II

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Rhaîna creció entre riquezas y privilegios, siempre oculta tras los altos muros del palacio. El dominio de su padre no era muy amplio pero sí sólido y poderoso. Sin embargo, el rey no estaba libre de vanidad y ansiaba expandir el territorio. Desde bien pequeña, Rhaîna sabía que sería desposada al mejor postor. Y, a pesar de los lujos que la rodeaban, la niña siempre estaba triste. La mujer joven en se convirtió luego transformó la tristeza en osadía y rebeldía, lo que le valió muchas reprimendas de su padre y tutores. Su educación era muy completa y la princesa sabía todo lo que se podía saber en aquel momento; era inteligente y curiosa, tal vez demasiado para su propio bien. Lo único que ansiaba conocer era cómo vivía su pueblo.

Y un día saltó el muro y lo vio. Y eso despertó en ella algo increíblemente poderoso. Algo que no supo llamar. Fue una mezcla de rabia, frustración y deseo. Sentía una energía entrando en su consciencia y empujándola... a algo. A seguir viendo, a seguir conociendo, a actuar, de la manera que fuese. 

Era su cumpleaños. Y al igual que el día que nació, esa noche brillaba aún en el cielo una gran estrella.

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La estrella apareció por primera vez una noche de primavera. Ningún astrónomo pudo predecir su llegada. Brilló con una halo azul y plata, con fuerza, en lo más alto del cielo. Todas las cabezas estaban levantadas hacia ella. Algunas personas auguraban un buen porvenir. Otras, por el contrario, interpretaron la estrella como el aviso de que algo malo estaba por llegar. Y no por menos, los pueblos de la Tierra vivían tiempos difíciles en ese entonces.

Lo que no sabían es que era el Amor. Y había elegido a su próxima Criatura.

No obstante, el Amor no era el único que había movido ficha -como hoy en día dirían los humanos-: la Criatura de la Creación había actuado por primera vez en siglos. Había enviado su energía a un humano, que nacería de una madre escogida de entre todas por su resistencia contra las manipulaciones del primer hombre. Este, temiéndose el final profetizado, consiguió hacer que los reyes de la región mataran a todos los recién nacidos esa noche. Pero dos sobrevivieron: Rhaîna y el humano elegido... Y, al otro lado del gran río, una niña de cabellos color fuego rizados, cuya madre moriría en el parto, y que sería criada por su hermano mayor. 

Tres personas. 

Dicen que el número 3 es muy importante ya que representa la perfección. Lo vemos en los triángulos, por ejemplo. Una figura geométrica que Pitágoras admiraba por su consistencia.

Y al Amor, también le gustaba ese número. Así que no tuvo ningún reparo en entrelazar las vidas de estos tres personajes desde su nacimiento, y para la eternidad; fuera cual fuere el resultado final.

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La historia de Rhaîna contiene, pues, a esa niña de pelo rojizo y al niño elegido por la Creación. Los tres crecieron separadamente y de manera tan distinta que ninguno supo del otro hasta la edad adulta. Mientras Rhaîna desayunaba deliciosas pastas con miel y se decidía con qué juguete jugar de todos los que poseía, el niño visitaba los templos, buscando contrarrestar -desde bien pequeño- el mensaje del primer hombre. La última niña creció, desafortunadamente, en la pobreza. Aprendió a sobrevivir desde apenas el primer año de vida. Siendo criada por su hermano, apenas seis años mayor, tuvo que buscar comida y agua, sustento para el día a día. Cuando cumplió los diez años consiguió un trabajo cuidando a los hijos de una familia de mercaderes. Y allí se mantuvo hasta la adolescencia, cuando la familia tuvo que acudir a palacio para discutir los nuevos impuestos. Entonces el rey le pidió que se quedara para hacer compañía a su hija, de la misma edad. Así las dos jóvenes se conocieron. Rhaîna aprendió de su nueva compañera que no todo eran sedas y oro. La noche en que la princesa se escapó, la joven pelirroja la ayudó a saltar sobre el muro.

El niño creció en el seno de una familia amorosa. Su madre era cariñosa y protectora con él y su padre le enseñaba el oficio de carpintero. De vez en cuando se escapaba para discutir con los sacerdotes e intentar alejar la ponzoña del primer hombre de sus corazones. Su mensaje era el de la caridad, la ayuda, la empatía, la igualdad... El Amor. Conforme crecía, se hizo amigos con otros hombres que acogieron sus palabras. Muchas otras personas, sin embargo, nunca llegaron a creerlo.

Por supuesto, el primer hombre sabía de él, pero ¿cómo iba a temer a un crío? Sin embargo, la joven princesa era otra cuestión. La noche en que el Amor la inundó y la transformó en la Segunda Criatura del Amor, algo se removió dentro del primer hombre: el temor a que todo su mundo fuera destruido, a volver a sentir el dolor.  Y desde ese momento actuó.

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Cuando Rhaîna se convirtió en la Segunda Criatura del Amor, apenas tenía doce años. Por aquellos tiempo, era una edad en que una niña dejaba de ser niña. Su padre para entonces negociaba el compromiso de su hija, con el mejor postor. Lejos de aquel lugar, se encontraban un grupo de mujeres. Actuaban como una orden caritativa: ayudaban a toda aquella persona que lo necesitara. Nadie sabía su nombre ni de dónde obtenían el dinero. Además, muchas de las miembros eran personas reconocidas en la sociedad, con familia y preocupaciones fuera de la orden. En algunos sitios se rumoreaba que eran brujas o cualquier otro ser fantástico que se les ocurriera; en otros, aseguraban que eran ángeles. Nadie sabía la respuesta. La única que supo algo fue Rhaîna. Meses después de su conversión, recibió una carta de la orden donde la invitaban a una especie de ritual. 

La Orden de las Sacerdotisas de la Criatura del Amor, fundada hacía siglos por la segunda mujer, seguía en activo. Cada generación compartía con la siguiente todo sobre la leyenda, sobre el poder; se desvelaban a niñas secretos y misterios de la vida; se les mostraba un mundo escondido: las leyendas y los mitos son ciertos. La magia es real. Y se las advertía contra las maldades del hombre. Durante años, las nuevas sacerdotisas se preparaban para proteger, cuidar, proveer y para reconocer a la próxima Criatura del Amor. Siempre guiadas por la Ilya, la sacerdotisa mayor. Cuando el Amor entró en Rhaîna lo detectaron y consiguieron localizarla.

Pasarían otros tantos meses desde que la princesa recibiera la carta hasta el encuentro con Ilya. Rhaîna pasó de ser una niña inocente y caprichosa a ser decidida: cambió todas sus lujosas y caras sedas por el sencillo algodón; dejó de vestir con intensos colores, típicos de la realeza del tiempo; pidió a los cocineros que solo le preparasen dos comidas al día, decida a simplificar todo lo posible su estilo de vida. Desobedecía a su padre en todo: se escapaba cuantas veces podía, robaba dinero de la sala del tesoro y lo repartía entre las personas, escondía comida de las cocinas de palacio entre sus ropas y, junto con su dama, la daban a la gente del pueblo. Su padre, más enfadado cada día que pasaba, intentaba por todos los medios evitar que se escapara pero fue imposible: la energía del Amor que había sido absorbida por el cuerpo de Rhaîna era imparable.

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Pasados los meses, el encuentro llegó. La princesa y su dama acudieron en mitad de la noche a un lugar alejado de toda la ciudad y de toda civilización. Allí conocieron a las sacerdotisas y a Ilya. Ella le contó todo y le reveló su poder y su destino.  Rhaîna aceptó su cometido con la elegancia y la seriedad de las personas de su cargo. Prometió hacer todo lo posible por acabar con el primer hombre y liberar el Amor en la Tierra. La joven de cabellos rizados se ofreció como sacerdotisa, con el fin de poder proteger a aquella princesa que, tras años de servir, se había convertido en su amiga. La dama sería acogida entonces por la Orden para llevar a cabo un entrenamiento, que duraría hasta su mayoría de edad. Para suplir su ausencia, Ilya la acompañaría como su maestra hasta que estuviera lista. Y esta, antes de irse, le dijo:

- Pronto conocerás a la Primera Criatura del Amor.

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Esa noche, Rhaîna, de doce años, soñó con dos cosas:

En el primer sueño, la princesa vio a un niño de su edad, de tez morena y pelo oscuro y ondulado. Vestía ropas viejas y sonreía. Le sonreía a ella. Rhaîna sintió cómo algo cálido se extendía por su cuerpo. Algo que nunca antes había sentido. Felicidad, tranquilidad, Amor. ¿Quién era aquel niño y por qué soñaba con él?

Cuando se despertó, el sentimiento seguía ahí. Y volvió a dormirse, con una sonrisa, apaciblemente.

En el segundo, sin embargo, ese sentimiento desapareció. El escenario cambió: ahora se encontraba en medio de un campo verde, al lado de un enorme árbol. Su copa tenía la mitad de las ramas vacía y la otra mitad, florecida. 

- El Árbol de la Vida -explicó una suave voz a su lado-. Muestra el devenir del tiempo de la vida: el inicio y el final. Sus raíces son profundas y lo fijan fuertemente a esta tierra. Permanecerá aquí hasta que la última criatura viva muera. Se plantó en el tiempo de la creación de este planeta, cuando yo vine a él. Es mi símbolo.

Junto a ella había una mujer de largos cabellos, negros, como los suyos. Pero su piel era oscura y sus ojos era de un centelleante color lila, insólitos. Entonces comprendió que estaba ante la Primera Criatura del Amor, la primera mujer. Imponía respeto y temor y, a la vez, había algo en ella que invitaba a acercarse. La joven princesa hizo una reverencia, acostumbrada a tales cortesías y confundida por no saber qué hacer en una situación tan importante. La Criatura le explicó que tenía por delante una gran tarea y que la acompañaría en cada paso y le enseñaría a usar su poder.

- Podrás ver los lazos que unen a las personas -dijo la primera mujer-. Es muy importante que aprendas a no desvelar el destino de nadie. Será difícil en ocasiones, pero es esencial que cada persona encuentre su camino al Amor.

La joven princesa asentía, conmovida por todo. Entonces, miró a la Criatura, ante ella, mucho más alta, y le preguntó:

- ¿Cuál es mi símbolo?

- La Estrella. La Estrella del cielo que guía a los viajeros y que ilumina las noches de las personas que se sientes perdidas o solas. Tienes el poder de guiar, al igual que lo hace la Estrella.  

Se despertó justo después de esas palabras, sobresaltada y deslumbrada por el sol que penetraba a través de las cortinas. Cuando vio su mano izquierda, una hermosa estrella había aparecido. Ya no había vuelta atrás: era su destino. Pero un duda la seguía asaltando: ¿quién era aquel muchacho?



TheWriter.



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