Reflexión 10/03/2026: No siento nada
No siento nada
No siento nada. Nada.
¿Y por qué eso es malo? Bueno porque... Porque nos vamos a la mierda, básicamente, y no me importa. Y estoy segura de que no soy la única.
Recapitulemos un poco todo lo que ha pasado desde inicio de año: borrascas intensas, inundaciones y muertes; se hacen públicos los cientos de documentos del caso Epstein y casi colapsa el mundo (la clave es el casi); en España han sido asesinadas más de 14 mujeres, un niño y una niña; se arresta al ex príncipe Andrew de Inglaterra por su implicación tan directa en el caso Epstein; Irán es atacada por Estados Unidos e Israel... Y bueno todas esas pequeñas y diarias noticias sobre la guerra, sobre el miedo, sobre la crisis económica y política... Todo eso.
¿Cómo podemos vivir así?
Todo lo malo
Desde ya hace meses (y me atrevería a decir desde hace años y, más concretamente, desde 2020) solo percibimos información negativa. Empezó con el COVID-19, se sembró el miedo al contagio, se olvidó la empatía porque las personas desconfiábamos de una simple tos. Siguió con las declaraciones de guerra, primera la guerra entre Rusia y Ucrania y luego el ataque de Israel a Palestina y el g3nocidio que está llevándose a cabo. También EEUU invadió Venezuela y el derecho internacional se convirtió en una mentira...
Hace apenas un mes se publican los archivos de uno de los casos más tediosos y con la trama más larga que la franquicia de Cazadores de Sombras: el caso Jeffrey Epstein. Y conocemos todos los horrores que sucedían no solo en la isla, sino dentro de un grupo muy selecto de personas, entre las que hay incluso científicos como Stephen Hawkings.
A nivel climático, desde principios de año, llevamos asistiendo a un desajuste brutal: borrasca tras borrasca, las lluvias han dejado en países como Francia inundaciones y han obligado a desplazar a poblaciones enteras, y aún no pueden retornar a casa.
Al final llega un momento en que te preguntas: ¿y ahora qué? ¿Cómo actúo, qué hago, qué siento?
La normalización de lo malo
El bombardeo de noticias malas es tan constante y violento que nuestros cerebros, para poder sobrevivir, lo han normalizado. Hemos aceptado la crisis económica y la política, hemos perdido la empatía por el resto de seres humanos que viven en este mundo y nos hemos encerrado en nuestro metro cuadrado porque es más fácil así. Entendedme, no es malo per se, es necesario para sobrevivir; es nuestro cerebro pidiéndonos parar, buscando algo bueno a lo que agarrarse, intentando gestionar la frustración y la impotencia que desembocan en ansiedad. El cuerpo humano no puede funcionar con altos niveles de cortisol y adrenalina diariamente. Nuestros cerebros quieren que sobrevivamos, así que deciden disociarnos. Creamos otra persona que se enfrentará al día a día, mientras nosotras estamos en un rinconcito al fondo de la mente, bien tapadas y acurrucadas, a salvo de todo el mundo exterior. Pero no es real.
Tras meses usando esta estrategia, hemos creado una cortina de agua, una catarata que atenúa las aterradoras voces y que emborrona las espantosas imágenes. Vivimos bien, al menos vivimos. Podemos ser funcionales y podemos llegar a casa por la noche y comer algo. Hemos aceptado que cada día pasará algo peor, aun, la guerra. ¿Acaso no os parece raro que estemos bromeando con una tercera guerra mundial? Debería despertar nuestras alarmas... Pero esas alarmas hace tiempo que dejaron de sonar. Lo hicieron, sonaron hace mucho, mas nadie les hacía caso, así que se callaron.
Hemos normalizado lo malo. Lo hemos acogido y hecho parte de nuestro día a día. No esperamos ya buenas nuevas, ¿para qué? Cada vez que abrimos el periódico, cada vez que abrimos Instagram o X, cada vez que encendemos la televisión o la radio, sabemos que solo habrá cosas malas: que si un asesinato, que si un país declara la guerra a otro, que si el derecho internacional no se respeta, que si amenazas...
Lo hemos normalizado. No nos escandaliza, no nos hace sentir nada, ni frustración.
La insensibilización
Y qué problema tan grave es esto. Qué problema es que los humanos se apaguen ante las injusticias, qué horrible que las personas no quieran seguir construyendo su sociedad, qué error perder la empatía que nos ayudó a evolucionar. Qué mal que estemos volviendo a aceptar la guerra como única solución. Y lo entiendo: es muy doloroso pensar, actuar, tener voluntad. Hay un cuadro de Goya que lo explica perfectamente: El sueño de la razón produce monstruos. Lo que Goya no sabía es que no siempre es así, los monstruos aparecen primero y nos van asustando; al inicio reaccionamos, pero, con el paso del tiempo, nos apagamos y preferimos no mirar a los monstruos. Les permitimos que invadan nuestros pensamientos y los dirijan. ¿Para qué pensar? ¿Para qué sentir nada? Porque ya hemos pensado y actuado y no hemos cambiado nada. ¿De qué sirve hacerlo ahora?
Es un juego muy antiguo: bombardeo de noticias malas, aguantar la voluntad de la sociedad un momento y esperar a su rendición, tomar sus pensamientos y apagarlos, hacer entender a las personas que no sirve de nada luchar, que ya no tienen fuerzas; acabar con la empatía y, consecuentemente, con las emociones. Ya no hay frustración ni impotencia que lleve a la injusticia, porque ya no sabemos ni por qué luchamos, ni para qué ni para quién. Aislarnos, no hablar, mostrarnos grotescas imágenes continuadamente... Y hay que hacer una especial mención a las redes sociales porque sin ellas nada de esta estrategia de insensibilización sería posible. ¿Qué haríamos si no entráramos cada mañana a Instagram y nos cabreáramos con alguien que ni conocemos (que quizá ni existe) y empezáramos el día así de mal? Bueno, no aceptaríamos las malas noticias. ¡Ah! Pero eso es difícil.
Lo entiendo, de verdad: yo también estoy cansada. Siento que no me queda odio, que no me queda voz, que da igual lo que haga, lo que escriba, lo que diga... Lucho contra algo mucho más poderoso que yo, y no me refiero al dinero ni al poder político, no; hablo del dolor, de ese dolor que sufrimos cada día cuando vemos a las personas desplazadas por las lluvias, cuando leemos otra novedad sobre los archivos Epstein, cuando conocemos el nuevo país atacado... El dolor de ser solo espectadora en un mundo que va a peor y en una sociedad que cada vez se apaga más. Así que mi cerebro también está disociando y, sinceramente, mientras escribo esto me pregunto para qué sirve...
No voy a acabar con una frase de ánimo, porque... Ni yo lo siento.
Creo que ahora mismo lo que necesitamos es algo bueno, no un recordatorio de nuestra fuerza.
TheWriter.

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