Criaturas XIV: La Segunda Criatura del Amor: Parte III
<<La Segunda Criatura del Amor: parte II
Se despertó justo después de esas palabras, sobresaltada y deslumbrada por el sol que penetraba a través de las cortinas. Cuando vio su mano izquierda, una hermosa estrella había aparecido. Ya no había vuelta atrás: era su destino. Pero un duda la seguía asaltando: ¿quién era aquel muchacho?
{}
Rhaîna fue la estrella guía de su gente desde aquella noche. Nunca más escondida tras los muros, fue la princesa del pueblo, una líder y una mano en la que sostenerse. Se la veía corriendo con los niños durante la mañana y luego en la escuela, enseñándoles lo que ella había aprendido en los libros; por las tardes se rodeaba de las lavanderas en la plaza y las ayudaba con la ropa; en ocasiones buscaba el agua en los pozos fuera de la ciudad; a veces asistía a los partos, sobre todo de aquellas mujeres que habían sido abandonadas, o incluso violadas. Apoyada por las sacerdotisas de la Criatura del Amor protegía y cuidaba de todo su pueblo.
Pero no era la única. Aquel niño había crecido y su misión era exactamente la misma que la de Rhaîna: cuidar y proteger. De él se oía toda clase de historias: podía curar a un leproso o hacer ver a un ciego; transformaba el agua en vino o duplicaba los panes. Sin embargo, lo más impresionante era su capacidad para unir lo que estaba separado, para reparar lo roto y sanar el corazón de las personas. Al igual que la princesa, difundía la idea de que el Amor era lo más poderoso de todo. Mientras que el poder de Rhaîna provenía directamente de esta energía, el del chico tenía como fuente la Creación. Los caminos de ambos no se cruzarían hasta bien avanzadas sus vidas, cuando Rhaîna fue obligada a casarse y encerrada en el palacio y él fue perseguido y sentenciado. Pero algo los unía: una joven pelirroja.
Nuestra tercera protagonista terminaba apenas su aprendizaje como sacerdotisa de la orden de la Criatura del Amor. Por aquel entonces se encontraba atendiendo a las mujeres que se prostituían en las calles a cambio de míseras monedas con el fin de alimentar a sus hijos. Un día, un joven alto, moreno y profundos ojos marrones entró en la sala que habían habilitado las sacerdotisas para curar las lesiones de las mujeres. Dicen que hay momentos en la vida en los que sabes que alguien es la persona adecuada, y aquel fue uno de ellos para la chica pelirroja y el enviado de la Criatura de la Creación.
Entre ellos empezaría un romance que llevarían en secreto, y que se mantendría incluso cuando la chica volvió como dama de la princesa. Rhaîna había sido, entonces, encerrada en el palacio, bajo amenaza de castigo. El primer hombre, por temor, había empezado a actuar y había convencido al soberano de confinar a su hija y encontrarle un marido, de manera que podría <<controlarla>>. Ella conseguía rechazar a todos los pretendientes sin levantar sospechas, pero los guardias la vigilaban y no podía si quiera salir al jardín. La situación se agravaba con la desconfianza continua del rey, que estaba lleno de la ponzoña del primer hombre: no solo encerró a su hija, sino que comenzó una persecución contra el chico de los milagros, pues era otra amenaza al triunfo del hombre.
El tiempo que siguió a estos hechos no fue de alegría como los años previos: cundía el pánico, la gente, privada de la ayuda de la princesa y el joven, vivía situaciones de miseria, dolor, hambruna. Incluso algunas sacerdotisas de la Orden de la Criatura del Amor fueron arrestadas cuando intentaban ponerse en contacto con la princesa, o liberarla, o tan solo socorrer a las gentes del reino. La acusación de brujería y de traer los males las llevó a la hoguera, una práctica que sería retomada muchos siglos después.
Todo era un caos. Y al Amor le encanta el caos, aun jugó su última carta.
{}
Una noche de luna nueva, la dama pelirroja salió al jardín para encontrarse con su amado, el joven de los milagros. Era ya hora de lobos, no había nadie. Llevaban haciendo eso meses, desde que se encontraran aquel día en la sala de cuidados. La princesa lo sabía y lo permitía, capaz de ver el lazo de color rojo que unía la vida de su amiga y la del chico. Rhaîna seguía siendo la Criatura del Amor, no podía interponerse de ninguna manera a algo así. Esa noche, la princesa se asomó al balcón, para contemplar a los enamorados, y algo en ella despertó. Aquel chico era el que había visto en sus sueños. Lo supo cuando sus ojos se encontraron. El joven también la reconoció y, aunque estaba enamorado de otra mujer, también sintió ese algo que tiraba de él hacia Rhaîna.
La vida en palacio a partir de entonces se hizo más pesada. La princesa vivía con el secreto de su enamoramiento, pues no deseaba inmiscuirse en la relación. Sin embargo, un día debió quedarse sola mientras su dama visitaba las casas de las familias y repartía comida, bajo el riesgo de ser descubierta. Al caer la noche, no había vuelto aún. No había luna, era una de las citas de los amantes. La princesa salió al balcón, esperando la aparición del chico, y pronto se presentó. Ambos se quedaron inmóviles, esperando una palabra, un gesto, algo. Rhaîna fue la primera. Dejó caer una nota, atada con una moneda para evitar que el viento se la llevara.
<<Esta noche no. Ella fuera. Aún no ha vuelto>>.
El chico la miró con sorpresa y preocupación. Asintió y se apresuró a salir del jardín por el escondrijo que siempre usaba. Pero antes de partir, se giró para ver a la princesa una vez más. Las miradas dicen más que las palabras y aquella estaba cargada de sentimientos. Le decía que también sentía lo mismo pero no que estaba también enamorado de otra persona. No sabía qué hacer. Ira, frustración, odio, tristeza, alegría, esperanza, amor. Rhaîna le respondía. El chico se fue, y la joven se quedó abrumada de emociones. ¿Qué debía hacer? ¿Se lanzaba por un amor que no sabía si sería al que estaba destinada y destruía la relación de su amiga? Aún recordaba las palabras de la Primera Criatura del Amor: debes guiar. Sabía, además, que, para romper la maldición sobre la Tierra y acabar con el primer hombre, no podía ser egoísta. No podía acabar con esa relación, concluyó.
Una persona, que había observado con atención todo aquello, decidió que, a partir de ese instante, las cosas serían muy distintas. El primer hombre urdió un plan: debilitar a la Criatura del Amor enfrentándola con su amiga, y capturar al chico ahora que sabía dónde y cómo encontrarlo.
Y, por desgracia, así pasó.
Cuando la dama volvió la madrugada siguiente, Rhaîna le contó que su amante había visitado el palacio y había sido avisado de su ausencia. La chica anunció que saldría esa noche para buscarlo.
Los días pasaron tranquilamente, siguiendo la rutina a la que las dos jóvenes estaban acostumbradas: levantarse, asistir al desfile de pretendientes y despacharlos a todos y volver a los aposentos hasta la cena. Sin embargo, un día, los soldados se presentaron en la habitación de la princesa y arrestaron a su amiga. El primer hombre había contado la relación secreta entre ambos, pero los soldados dijeron a la dama que había sido la princesa, celosa de su libertad. La llevaron al calabozo y la torturaron para que les dijera dónde estaba el chico. Ella nunca habló pues, a pesar del dolor físico, lo peor había sido la traición de su amiga, aunque ella no supiera que era mentira. Por suerte, esa noche, a plena luz de la luna, unas sacerdotisas, alertadas por Rhaîna, lograron sacarla y la llevaron junto a su amado. La princesa quedó sola, totalmente aterrada por el futuro de la que había sido su amiga.
Las semanas pasaban lentamente. Cada uno de nuestros protagonistas trataba de sobrevivir por su cuenta. La mujer pelirroja desconfiaba cada vez más de la princesa y rehusaba a encontrarse con ella a pesar de todos los mensajes que recibía. Las sacerdotisas trataban de reconciliarlas, sintiendo que algo iba a pasar. La persecución seguía y pronto fue anunciada una recompensa: el compromiso de la princesa con aquella persona que lograra capturar al chico de los milagros.
La Criatura de la Creación decidió entonces intervenir y dio a su enviado su última misión: morir. Su muerte abriría las puertas del Amor, un sacrificio que sería necesario para demostrar la buena voluntad. La Criatura del Amor tendría su victoria y los humanos podrían olvidar el veneno del primer hombre.
{}
Puede que algunas personas ya conozcan el final de la historia, pues está escrita en los libros más antiguos de la Humanidad. Sin embargo, no pasó exactamente como les contaron.
El chico se entregó voluntariamente y aceptó su muerte. Su amada lo cuidó y veló por él mientras estaba encerrado esperando su ejecución. Nunca se acercó a ver a la que una vez fuera su amiga. Rhaîna sabía, pro supuesto, que la persona de la que estaba enamorada iba a morir. Y debía hacer algo, pero no sabía el qué. Cuando el día llegó, Rhaîna reunió fuerzas y se escapó para asistir al paseo de la humillación que predecía la ejecución. Vestida con harapos, luchó contra la multitud y consiguió llegar hasta él. Simuló secarle la sangre y el sudor de la cara, pero tan solo le dijo dos palabras: te quiero.
Dos personas la reconocieron: el primer hombre y su dama de compañía. Esta última la siguió a través de la marejada de gente y la obligó a confesar lo que había hecho, pero cuál su sorpresa cuando se dio cuenta de que todo había sido un engaño. Y ella había caído. Años de entrenamiento para no ceder no habían funcionado. En aquel instante de tiempo las amigas se reconciliaron y lloraron. La muchedumbre ascendía hasta el monte, donde una gran cruz auguraba una muerte lenta y dolorosa.
El Amor es sacrificio, y un sacrificio es necesario para abrirle las puertas a la Tierra.
Eso recordaba la chica pelirroja de su formación. Rhaîna supo entonces qué hacer, para darle a su amiga una vida: ella sería el sacrificio. Así que, cuando el chico fue clavado a la cruz, la princesa, a sus pies, invocó al Amor para pedirle que truncara las normas y aceptara su muerte en vez la del joven. Una gran humareda se levantó y envolvió el reino. Las Criaturas de la Creación y del Amor intentaron impedirlo, sabiendo qué pasaría. Pero fue en vano. Rhaîna yacía sin vida a los pies de la cruz y el chico abría los ojos mientras sus heridas comenzaban a cerrarse.
Pero el Amor nunca volvió. El sacrificio que Rhaîna había hecho tan solo era para permitir que dos personas tuvieran su final feliz, pero no para toda la Humanidad. La Criatura de la Creación no pudo hacer nada más. La segunda oportunidad había sido perdida. El primer hombre continuaba vivo. Se fue del lugar y se escondió por un tiempo, siempre esparciendo maldad por doquier. La princesa fue enterrada en el mausoleo, entre las lágrimas de un padre afligido por la culpa, que se quitaría la vida poco después. El reino vivió momentos de incertidumbre que llevarían a las personas a sacar su fuerza y sobreponerse.
La Primera Criatura del Amor recibió en su reino a la que fue su heredera. Y ambas esperaron a la tercera oportunidad.
{}
En cuanto a los jóvenes amantes, a él lo bajaron con cuidado y lo mantuvieron escondido durante tres días hasta que estuvo tan sano como antes de su última cena. Fue el momento de partir. Ambos huyeron del país y se instalaron lejos, en una tierra extraña. Ella fundó allí un convento de monjas que serviría de casa para la Orden. Sus hijas y las hijas de estas mantendrían vivo el legado de la que fuera la mejor amiga de la Segunda Criatura del Amor... Pero los siglos bajo el mandato indirecto del primer hombre han borrado muchos de los vestigios de la Segunda Criatura del Amor y han cambiado la historia. Ahora a ella se la conoce como una mujer cualquier y, a su amiga, como una vulgar prostituta. Pero nosotras seguimos luchando por la verdad.
TheWriter.

Comentarios
Publicar un comentario